A Quiqui y la Monroe
Los vecinos llegaron con mucha intromisión en nuestras vidas y dos hijos. Ella más chiflada que cuerda; él, de la locura hecha persona enamorado, e ingeniero. Lo de su mujer -María- era genético, su padre se encamó cuando se casó su hija mayor. María regresó de su boda y, por imitar al padre, hizo lo mismo un año: Una depresión, dijo el psiquiatra.
Los hijos aprendieron a sobrevivir la falta de tornillos de su madre; diez años y cocinaban solos. Ella, en bata, se venía a casa desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche y olvidaba todo. A la hora de cenar yo le decía: Has comido María. No, pero cenar es un fastidio. Se sentaba a vernos cenar; y cuando venía uno de sus hijos para pedir la cena (excusa para llevarla a su casa) contestaba: Por qué querrán cenar todos los días. Qué hijos tan pelmas tengo.
Cuando le daba la vena loca, se atrincheraba con todas las tijeras de su casa y como posesa descosía las costuras de los trajes y camisas del marido, para guardarlos en bolsas, hechos trizas. Y el ingeniero lo resolvía comprando otros. Nunca una mala cara, un grito; ya estaba acostumbrado. En las rebajas, ella compraba las cosas más inverosímiles por docenas. Están baratísimas -decía-; y nos pedía sitio en el trastero, tenía el suyo lleno. Tardó dos meses en llenar el nuestro. Un día su hermana mayor tocó a las tres de la mañana. Abrí, entró en mi cocina y angustiada se puso a buscar a María dentro de los cajones. Los mismos genes. Yo alucinaba.
El día de la cena supe que era el final, su despedida. Llegó un camión con viandas, mi hermana dijo: Qué has hecho, has comprado El Corte Inglés entero. Y yo: Será un error. Y María apareció detrás de aquella montaña: Lo que te debo, es para saldar cuentas. Recuerda que la cena es a las nueve. Llegaron a las doce, disfrazados, él con el traje de boda, el uniforme de gala, con una banda morada que le cruzaba el pecho; ella de traje largo, con tiara engalanada y las joyas más fastuosas. No sabía que las tuviera. Habíamos terminado, cenaron en la cocina. Al día siguiente compró una jaula, se metió dentro acurrucada y nunca más salió. La echo de menos.
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anamaria