miércoles, 4 de agosto de 2010

TODOS LOS CAMINOS LLEGAN A ROMA


A Pozuelo por acogerla

Roma es una Braco de color indefinido entre magenta gris y marrón verdusco. Le brilla su pelo de perra al cepillarla y su mirada profunda es alegre. Mi hermana la asumió como suya cuando se fue a vivir con Javier y cree que es una persona. Le habla como si fuese otro hijo. Roma, estoy harta de ti. Te has escapado y has llegado tarde, la próxima te castigo. Roma eres díscola y promiscua. Mira que saltar tres metros de verja cinco veces este mes, a que ésta te has hecho daño. Cuándo aprenderás. No subas al sofá, vete al rincón. No pidas comida porque no te daré nada, tu plato ya lo tienes puesto. Está bien, hoy por buena puedes venir a mi cama, claudicaba.

Para cuando resolvieron la excursión por los canales del Garona y decidieron llevarla, se había escapado cien veces, unas veces volvía sola, cada día se aventuraba a ir más lejos pero sin perder los olores que guiaban su regreso. Y un día no volvió. Y lloró Salva -mi sobrino- hasta que la encontraron por el chip. Pidieron y cobraron un rescate.

Después de Jaca, pararon a comer ya pasada la frontera con Francia. Roma corría como loca. Por el verde merendero iba y venía, cada vez tardaba más, hasta que se fue y no regresó. La buscaron desesperados durante horas sin éxito. La lloraron para siempre jamás. Salva no podía re-signarse. A la vuelta del paseo en barco por el canal -que no disfrutó como otros años porque recordaba a Roma en todas las esclusas, castillos y encrucijadas- rogó buscarla por los pueblos cercanos al punto de pérdida y nada. Fue inútil.

Al año siguiente Salva convenció a Javier (el verdadero amo) que la encontrarían, y porque todos los caminos llegan a Roma, juró que daría con el camino. Salieron días antes que los otros excursionistas. Llegaron a un establo en uno de los pueblos a la orilla del Garona antes recorridos. El dueño recordó haber oído hablar de una perra como Roma. Creía que se la había regalado el veterinario a un niño. Niño que devoto la cuidaba. Fueron a casa del niño, Roma se les tiró encima emocionada y él la devolvió con dolor. Lloró mi hermana de alegría porque como Salva, siempre supo que regresaría su hija pródiga.

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anamaria