De amores y castas . A Satbinder
Aritha era estudiante de Física de Sólidos en Urbana. Nació americana y sus padres eran de Nueva Dehli. Biólogos y profesores en la Universidad. Su normal infancia transcurrió con libertad -la propia de cualquier otra niña americana-, con la excepción de los hábitos de comida (que a ella le parecieron más divertidos y apetitosos) y la ausencia de educación religiosa formal. Al crecer supo que ellos eran agnósticos aunque sijistas de cara a ambas familias, una combinación de islamismo y tradiciones hindúes.
Su padre era un Singh, que guardaba su turbante almidonado en el altillo del trastero y sólo lo sacaba en ocasión de las visitas indias. Eso la divertía. Al anunciar visitas de parientes, él decía: Pondremos en danza el almidón; y su madre lavaba y almidonaba de nuevo el turbante hasta quedar tan tieso como las coronas del arcón del teatro del colegio.
Y ellos, siempre enamorados, reían en íntima complicidad. Y ya adolescente, cuando ella no entendía las cosas que antes veía tan meridianamente claras, les pidió: Explicarme la historia del turbante almidonado. Y ellos replicaron: Cuando seas mayor de edad. No olvidó la fecha. El cinco de agosto de 1988 cumplió los diez y ocho. Les recordó la promesa. Y solemnes, por primera vez, le contaron sus vidas.
Fue cuando supo que se habían enamorado intercastas y eso no tenía remedio, ni final feliz posible en India. Supo que su padre era Braman y no Sij; y que perdidamente de su madre enamorado, jamás habría podido aspirar a su mano si no se convertía al islamismo sijista. Su padre, por su madre mintió el día que su futuro suegro, hoy su abuelo, los vio pasear por el parque y le preguntó su apellido y él respondió: Singh soy Sikh. El entuerto ya estaba lanzado, se cambió el apellido con el consiguiente repudio de los suyos, aún hoy algún hermano y tío no le han perdonado. Fue la única salida. Como teníamos la certeza de emigrar, no nos preocupó. Un amigo me enseñó a enrollar el turbante y tu madre lo sobó y almidonó para que pareciera llevado toda la vida, el primer día de visita a tus abuelos. Mi apellido no es Singh sino Narayanaswami. Nunca creas que he sido el único, hay miles de turbantes almidonados como el mío en India.
Su padre era un Singh, que guardaba su turbante almidonado en el altillo del trastero y sólo lo sacaba en ocasión de las visitas indias. Eso la divertía. Al anunciar visitas de parientes, él decía: Pondremos en danza el almidón; y su madre lavaba y almidonaba de nuevo el turbante hasta quedar tan tieso como las coronas del arcón del teatro del colegio.
Y ellos, siempre enamorados, reían en íntima complicidad. Y ya adolescente, cuando ella no entendía las cosas que antes veía tan meridianamente claras, les pidió: Explicarme la historia del turbante almidonado. Y ellos replicaron: Cuando seas mayor de edad. No olvidó la fecha. El cinco de agosto de 1988 cumplió los diez y ocho. Les recordó la promesa. Y solemnes, por primera vez, le contaron sus vidas.
Fue cuando supo que se habían enamorado intercastas y eso no tenía remedio, ni final feliz posible en India. Supo que su padre era Braman y no Sij; y que perdidamente de su madre enamorado, jamás habría podido aspirar a su mano si no se convertía al islamismo sijista. Su padre, por su madre mintió el día que su futuro suegro, hoy su abuelo, los vio pasear por el parque y le preguntó su apellido y él respondió: Singh soy Sikh. El entuerto ya estaba lanzado, se cambió el apellido con el consiguiente repudio de los suyos, aún hoy algún hermano y tío no le han perdonado. Fue la única salida. Como teníamos la certeza de emigrar, no nos preocupó. Un amigo me enseñó a enrollar el turbante y tu madre lo sobó y almidonó para que pareciera llevado toda la vida, el primer día de visita a tus abuelos. Mi apellido no es Singh sino Narayanaswami. Nunca creas que he sido el único, hay miles de turbantes almidonados como el mío en India.
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anamaria