Homenaje a Nathaniel Hawthorne
Llevaban nueve años de casados, en ocho días serían diez. No muchos para una vida pero sí una eternidad para apuros y desgracias. A veces había trabajo, otras paro. Lo único que los salvaba de la miseria era ese amor infinito que se profesaban, y que a menudo les servía para compensar tantas penurias. La pasión era su lujo. No tenían hijos. Mejor.
Había cosas que siempre quedaron en el silencio. En ese espacio de la intimidad de cada cual, que no se nombra ni se menciona para no herir al otro. Y allí cerca de esa orilla silenciosa, colindaban los anhelos sin alcanzar y los deseos materiales reprimidos. Cuántas veces le oyó contar a él lo de aquella pluma misteriosa que el Doctor Caburrás tenía y había heredado de su madre la Termidor, la pluma de la famosa Nuestra Señora de los Socorros. Teresa, única mujer que dijo no a Napoleón, aquella madrileña castiza y de los Carabancheles. Teresa devolvió todos los regalos galantes a Bonaparte, excepto aquella plumafuente con la que él había firmado tantos tratados y tantas cartas de amor al recorrer las distintas tierras, donde soñaba sus delirios de grandeza.
Llevaban nueve años de casados, en ocho días serían diez. No muchos para una vida pero sí una eternidad para apuros y desgracias. A veces había trabajo, otras paro. Lo único que los salvaba de la miseria era ese amor infinito que se profesaban, y que a menudo les servía para compensar tantas penurias. La pasión era su lujo. No tenían hijos. Mejor.
Había cosas que siempre quedaron en el silencio. En ese espacio de la intimidad de cada cual, que no se nombra ni se menciona para no herir al otro. Y allí cerca de esa orilla silenciosa, colindaban los anhelos sin alcanzar y los deseos materiales reprimidos. Cuántas veces le oyó contar a él lo de aquella pluma misteriosa que el Doctor Caburrás tenía y había heredado de su madre la Termidor, la pluma de la famosa Nuestra Señora de los Socorros. Teresa, única mujer que dijo no a Napoleón, aquella madrileña castiza y de los Carabancheles. Teresa devolvió todos los regalos galantes a Bonaparte, excepto aquella plumafuente con la que él había firmado tantos tratados y tantas cartas de amor al recorrer las distintas tierras, donde soñaba sus delirios de grandeza.
Él le dijo: Sabes, la pluma famosa de la que te hablé sale a subasta en Durán. Qué pena no poder comprarla. Heredó de su abuelo su colección de plumafuentes. Eran su orgullo, las sacaba los domingos y las pulía con delicadeza. Ella se fue a Sothesby, a vender sus muñecas de porcelana. Se le escaparon dos lágrimas, fue por el repiqueteo de cabezas, cabelleras de crin, extremidades llenas de encajes y zapatos de charol de sus nueve muñecas aterciopeladas; se las sabía de memoria, desde que tuvo uso de razón. Clarisa era su favorita. La gemela de Clarisa la vendió hace años por medio millón; ahora vendería otras tres para la pluma de Napoleón. Él a Zurbano a venderle a Julia la anticuaria tres de sus más queridas plumas.
Y llegó el aniversario. Las sorpresas quedaron para el atardecer, como siempre. Al caer el sol se besaron y se entregaron los presentes uno al otro. Para ella fue la gemela de Clarisa recuperada, para él la pluma de Bonaparte. Emocionados, mares de lágrimas lloraron, mientras techos rojos y puntiagudas torres al crepúsculo miraban; bien sabían lo sacrificado.
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anamaria