viernes, 16 de julio de 2010

TODOS OCULTAMOS ALGO





A Belinda C

Viví los últimos años ocultando mi ceguera y me sorprendía dando gracias por no ha­berse descu­bierto mi secreto. Perdí la vista a los diez. No de repente, poco a poco ­-tres meses de agonía-. Ju­ramos por la Cruz mis padres y yo mantener el secreto al comprender que en el mundo no brillaban los cie­gos. Y aún siéndolo, nunca jamás admitiré ser invidente.

 Por suerte, con inteligencia e ingenio, desa­rrollé otros sentidos nivelando así mi oscuridad. De profesión elegí las ondas de la radio. Mi voz da confianza, dicen los oyentes; trae au­diencia e ingentes ingresos publicitarios. Las ondas me trajeron a Belinda. El falso concurso inventado fue tramposo pero útil. Aún recordaba la conversación con Aída la asistenta de Abu: Residencia de la señora Bauluz. La llamo de la ra­dio por lo del sorteo "la vuelta al mundo de una asistenta". Dígame cuál es la puerta de visitas, hay escalones, cuántos, qué color tiene la entrada, hay me­sas, percheros, a qué distancia está la puerta del salón, y el tresillo... la alfombra es persa o china, y desde allí a cuántos pasos y en qué dirección está la puerta del comedor; se ponen flores, cuáles, los cuadros más importantes en qué paredes están colocados, describa los motivos y colores...

  Al recordar esto, sabía que hoy sería mi prueba de fuego. Iba con Belinda en tren a Huesca, a conocer a la abuela y a pedir su mano formalmente. Abu la había criado al morir sus padres, tenía cuatro años. Se los tragó un camión en la au­tovía de Zaragoza en una curva horrible, llena de lápidas y alta­res; Belinda, que iba con ellos -la pobre-, se salvó.

  El día salió a pedir de boca, le di a Abu un ramo de sus flo­res favoritas, le describí salones y algún cuadro, estuve parco sin sostener el silencio mucho rato. Abu aborrecía a los callados porque: "No tenían nada que decir o mucho que ocul­tar". Al despedirnos dijo: Veo que ocultaste algo, es de la vista. Me quedé de plástico, descubrió mi ceguera, pensé. Pero siguió: Daltó­­­­nico como Aída. Qué gracia, trastocáis los colores. Respiré. Nunca regales pintalabios a mi nieta. Por amor Belinda es capaz de salir con los labios verdes. Adiós.  

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anamaria