lunes, 19 de julio de 2010

LOS CULEROS




Denuncia al látex de mala calidad que,                   
               Válgame Dios, hace niños no queridos y                   
               revienta por dentro a los culeros.

Le escribió su amigo ecuatoriano: Si quieres salir de pobre tengo un trabajito. No se lo podía creer, qué sortudo era y encima cuando más lo necesitaba. Le enseñó la carta a Marisela: Podríamos ganar un platal. Se querían con pasión y necesitaban plata para comprar un rancho y vivir juntos. El jornal de sus quincenas no alcanzaba para más nada que para el mondongo. Será sólo una vez mi negrita, te lo juro.

Eso dicen todos, replicó ella. Que no, Juaco, que no ves que es ilegal, sino de qué cónchale te van a dar ese rialero. Eso no es negocio mi valecito,  mejor nos quedamos como estamos. Y como él  protestaba, ella se arrechó y lo amenazó: Si te vas para allá, no vuelvas más nunca. Le escribió a Fabián y le dijo que su mujer no lo dejaba y que ya sabía él: cuánto sentía decirle que no, de esas maneras tan poco solidarias.

Le pasó la carta a su cuñado y compadre, por si él quería ir. Petra no era tan mirameinometoques como su Marisela. Y su cuñado se fue para Ecuador. Y volvió rico, pero que muy rico, y no contó nada del trabajito aquel, era parte del trato. Repitió, ya se sabe, el que pica una pica dos. Juaco se mordía las uñas de la rabia cada vez que veía los lujos del rancho de su hermana. Picó tres. Y mientras pasaban el Noticiero de España en la Sony Trinitron de ellos -nunca supo por qué carrizo la prendió y es que a Marisela le gustaba el locutor y el deje de su habla-, vio las caras de Andresito y de Fabián, como dos aparecidos.

Muertos dos culeros de madrugada, en un hostal de Madrid. Se le reventaron -por dentro- las bolsas de látex donde guardaban las bolas de heroína, práctica común en este tipo de contrabando. Válgame Dios, si son ellos dos los culeros. Menos mal que Petra no estaba, aún no regresaba del mercado. Y él no supo que hacer, se sentía de terror por haberle enseñado aquella carta a su cuñadito. Fue a ver a Marisela, la abrazó y lloró en su pecho como carajito, hacía tiempo que no lloraba así. Tardó en articular palabra. Enviudé a Petra, no tengo perdón, repetía obsesionado. Ojalá hubiese ido yo, en vez. Repatriaron el cadáver. Celebraron un tronco de entierro en el cementerio del Este. Coronas y banda. Y Petra enmudeció. A él, Marisela le arrancó poco a poco su rencor.

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anamaria