miércoles, 21 de julio de 2010

LA PLÉIADE,




        
                                    "De los libros nos queda lo que nos
                                            queda en los dedos cuando atrapamos
                                               a una mariposa. Los libros leídos
                                                   se recuerdan como se recuerdan los
                                                      cuerpos amados o el frescor de las
                                                         aguas del mar: con la impresión de
                                                           haber sido dueños de un espejismo
                                                               que se manifestó en el pasado."

                                                    Los libros memorables y el olvido

                                                                             Felipe Benítez Reyes. (1997) 



       a Ymelda Navajo 
           que una vez dijo estas palabras:  
               "Nada podrá sustituir la calidad del objeto, 
                   la sensualidad y el fetichismo que tiene el continente del libro." 

Gobernantes analfabetos quieren editar clásicos en versión original, verdadera a lo Pléiade. El que lo contaba dice: No lo creo. Yo tampoco. No saben qué es, tendrían que haberse exiliado y leído proscritos. No tenemos un Quijote ni un Galdós verdadero dice Juan Cruz; entonces los linotipistas cambiaban de turno, y con ellos de letras, fidedignidad y acentos; como en el cambio de guardia y el toque de queda. 

La Pléiade, qué de recuerdos: Íbamos con mamá a comprarlos a la librería Francesa cerca de la quebrada entre la Campiña y la Florida, íbamos con todos los ahorros a comprarle otro libro a papá. Eran carísimos, íbamos en su cumpleaños, en su santo, en Navidades. Compré uno con mi primer sueldo - el de las clases particulares que le di al flojo de Rengifo- fue un día del padre. La biblioteca se llenaba de libros de forro transparente y carátula blanca sobre encuadernación de cuero rojo verdadero. Qué lujo. Se llenaba: uno, dos, siete, veintitrés... Y aprendí el porqué de Pléiade, los siete poetas y las desesperadas hijas de Atlas metamorfoseadas en estrellas, hoy - puestas a brillar- en el hemisferio Boreal al lado de Taurus. Nosotros preferíamos leer a vestirnos. Los libros siempre los libros 

Sus hojas de papel fino y tan delicioso al tacto, añadían más placer a su lectura - si cabe -. Impregnados los bordes de un polvo oro y magenta, que se quedaba en tus dedos como al rozar mariposas. Allí leí y olí - qué olor- con cuidado, casi de puntillas, obras de teatro y otras, con el poco francés aprendido al pie del Avila, exuberante y verde. A Moliere, Mallarmé, Maupassant, Baudelaire, Beaumarchais y Proust. 

Ya universitaria en USA del francés eximí tres semestres, por un examen de respuestas múltiples - objetivo- elegí las correctas y nunca aprendí a escribirlo. Las hermanas mayores éramos anglosajonas y las menores francófilas, la Benjamina fue al Liceo habla francés sin acento, la perfecta Parisina. Y para ella, ha dicho papá, serán los libros franceses y por ende los de la Pléiade. Algún día: uno cuyo polvo de oro vi volar para convertirse en estrella, uno que olí e impregnó mis dedos al recorrerlo de puntillas; encontraré. Eso espero.


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anamaria