"De los libros nos queda lo que nos
queda en los dedos cuando atrapamos
a una mariposa. Los libros leídos
se recuerdan como se recuerdan los
cuerpos amados o el frescor de las
aguas del mar: con la impresión de
haber sido dueños de un espejismo
que se manifestó en el pasado."
Los libros memorables y el olvido
Felipe Benítez Reyes. (1997)
a Ymelda Navajo
queda en los dedos cuando atrapamos
a una mariposa. Los libros leídos
se recuerdan como se recuerdan los
cuerpos amados o el frescor de las
aguas del mar: con la impresión de
haber sido dueños de un espejismo
que se manifestó en el pasado."
Los libros memorables y el olvido
Felipe Benítez Reyes. (1997)
a Ymelda Navajo
que una vez dijo estas palabras:
"Nada podrá sustituir la calidad del objeto,
"Nada podrá sustituir la calidad del objeto,
la sensualidad y el fetichismo que tiene el continente del libro."
Gobernantes analfabetos quieren editar clásicos en versión original, verdadera a lo Pléiade. El que lo contaba dice: No lo creo. Yo tampoco. No saben qué es, tendrían que haberse exiliado y leído proscritos. No tenemos un Quijote ni un Galdós verdadero dice Juan Cruz; entonces los linotipistas cambiaban de turno, y con ellos de letras, fidedignidad y acentos; como en el cambio de guardia y el toque de queda.
La Pléiade, qué de recuerdos: Íbamos con mamá a comprarlos a la librería Francesa cerca de la quebrada entre la Campiña y la Florida, íbamos con todos los ahorros a comprarle otro libro a papá. Eran carísimos, íbamos en su cumpleaños, en su santo, en Navidades. Compré uno con mi primer sueldo - el de las clases particulares que le di al flojo de Rengifo- fue un día del padre. La biblioteca se llenaba de libros de forro transparente y carátula blanca sobre encuadernación de cuero rojo verdadero. Qué lujo. Se llenaba: uno, dos, siete, veintitrés... Y aprendí el porqué de Pléiade, los siete poetas y las desesperadas hijas de Atlas metamorfoseadas en estrellas, hoy - puestas a brillar- en el hemisferio Boreal al lado de Taurus. Nosotros preferíamos leer a vestirnos. Los libros siempre los libros
Sus hojas de papel fino y tan delicioso al tacto, añadían más placer a su lectura - si cabe -. Impregnados los bordes de un polvo oro y magenta, que se quedaba en tus dedos como al rozar mariposas. Allí leí y olí - qué olor- con cuidado, casi de puntillas, obras de teatro y otras, con el poco francés aprendido al pie del Avila, exuberante y verde. A Moliere, Mallarmé, Maupassant, Baudelaire, Beaumarchais y Proust.
Ya universitaria en USA del francés eximí tres semestres, por un examen de respuestas múltiples - objetivo- elegí las correctas y nunca aprendí a escribirlo. Las hermanas mayores éramos anglosajonas y las menores francófilas, la Benjamina fue al Liceo habla francés sin acento, la perfecta Parisina. Y para ella, ha dicho papá, serán los libros franceses y por ende los de la Pléiade. Algún día: uno cuyo polvo de oro vi volar para convertirse en estrella, uno que olí e impregnó mis dedos al recorrerlo de puntillas; encontraré. Eso espero.
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anamaria