Mi denuncia contra todas las mujeres y todos los hombres maltratados del mundo, que acabe ya.
Ella fue a la mezquita a buscar
la paz perdida.
Le creyó a ese hombre su discurso de amor, aunque a él le rondara el interés por los papeles de un posible casorio para legalizar su estancia. No sería su única mujer. Tenía otras. Cuidaba ovejas en la sierra. Ella le visitaba los domingos hasta que él le quitó dinero. Volvieron a empezar cuando se disculpó, hasta que él insultó a su prima y supo que no le convenía. Se lo comunicó. Y le dio tal paliza que la desvertebró en el suelo y la pateó hasta dejarla inconsciente. Había herido su orgullo. A un hombre musulmán no lo dejes nunca, sólo él puede dejarte, le dijo.
Se asesoró en el Instituto de la Mujer, puso una denuncia. Humillada en lo más profundo de su ser e inteligencia, que eran grandes. Le convenía más un español -decían sus amigas- que aquel pastor violento. Él había dejado ciega a otra mujer en Marruecos por circunstancias similares. Qué horror, era para temerle. Llamaba y la amenazaba con vengarse. Lo ocultó por vergüenza a sus compatriotas. Se enteraron. Orgulloso él lo contó. Ella fue a la mezquita a buscar la paz perdida. La llamó el Patriarca, puso la mano sobre su hombro y fue señal suficiente. La mano del Patriarca era como la mano de Alá. Le dijo: No hieras a tu compatriota, no lo hundas en la miseria, déjalo estar, retira la denuncia, por lo que más quieras, perdónale por tu madre y Alá. Y Aisha la retiró.
Él la acechó después: Tengo los papeles y aún te quiero. Halagada, le creyó y se casaron. Amaneció muerta de una paliza al tercer día. Él cumplió su amenaza y ella con su Dios. El Patriarca enloqueció, por no poder dormir ni contestar los porqués.
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anamaria